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13 mar. 2015

El arte de perderlo todo. Sobre Still Alice.

The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster,

Lose something every day. Accept the fluster

of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:

places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or

next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,

some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.

- Even losing you (the joking voice, a gesture

I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.

Elizabeth Bishop. The Art of Losing.




El arte de perder se domina fácilmente;tantas cosas parecen decididas a extraviarse que su pérdida no es ningún desastre.


Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.

Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.

Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.

Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto

que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.




El comienzo de una pérdida, cuando es progresiva, no resulta una tragedia simplemente por la elección de obviarla y por el afán humano de hacer de cuenta que no pasa nada. Las pérdidas materiales a veces pueden ser recuperadas, siempre y cuando los objetos no conlleven anécdotas o un sentido personal que conecte emocionalmente a su dueño. En caso de que asi fuera, esta conexión es eterna y la pérdida será irreparable. Pero qué pasa cuando la pérdida es de otro tipo, qué pasa cuando nos perdemos de nosotros mismos? Y qué pasa cuando lo que perdemos es algo que no podemos poseer y al mismo tiempo sólo nosotros somos los guardianes? Cuando no tenemos control de lo que perdemos y de lo que nos queda, eso sí puede ser una tragedia.

Alice (Juliane Moore) es una brillante lingüista que ha dedicado su vida al estudio y la enseñanza de la ciencia de la comunicación. Pero un día, en su habitual salida de ejercicio, llega a un lugar que no puede recordar. Se desorienta. No sabe en dónde está y este es el primer indicio de lo que luego será diagnosticado como enfermedad de Alzheimer. Alice trata de retener palabras mediante ejercicios que terminan funcionando de cronómetro del desgaste de la parte cognitiva de su cerebro. Y luego comienza la pérdida sistemática de los recuerdos, anécdotas y definiciones sobre ella misma. En My sister’s keeper, (estrenada en Argentina como “La decisión más difícil” en 2009 y dirigida por Nick Casavettes) hay una niña, Anne, que se niega a ser sometida a una (nueva) operación para intentar salvar a su hermana que padece leucemia. Anne inicia una demanda contra su propia madre exigiéndole tomar en cuenta el deseo sobre su cuerpo. En su búsqueda de un abogado defensor, la pequeña Anne cae rendida bajo la publicidad de un abogado que promete defenderla y que parece entender el deseo de dirigir y controlar su cuerpo. Hay una razón por la cual el abogado Campbell (interpretado por el genial Alec Baldwin, quien también trabaja en Still Alice en el papel del marido de Alice) desea fervientemente defender y representar a la pequeña Anne: él padece epilepsia y entiende lo frustrante de poder controlar casi todo, salvo su propio cuerpo. En “Vivir, pensar, mirar” (Anagrama, 2013), Siri Hustvedt narra con precisión el desconsuelo de poder prever el momento en que el cerebro va a padecer una migraña y no poder hacer nada al respecto salvo dejarse llevar por las pequeñas alucinaciones y asimilarlas como parte de una función distinta del cuerpo para no alarmarse. Hustvedt hace un excelente análisis de lo que supone no poder controlar el cuerpo, las emociones, las alucinaciones, los gustos, y sobre todo, los componentes hereditarios de cada una de estas cosas.


Alice pierde la capacidad de retener el nombre de sus hijas, y asume con dolor la responsabilidad (si es que esto existe) de dejarles la herencia de la enfermedad. El derrumbe es progresivo y doloroso, y los recuerdos se van diluyendo de la cabeza de Alice y no hay manera de controlar la ausencia de sí misma que la enfermedad va provocando.


Con la dolorosa y formidable actuación de Juliane Moore en el papel de Alice, que le valió un Oscar en la última entrega del galardón, esta película fue escrita y dirigida por Wash Westmoreland y Richard Glatzer quien falleció a los 63 años, el martes pasado de esclerosis lateral amiotrófica.


Lucía Luna  








  

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