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12 ago. 2010

La Pibita y el Duce. A propósito de La Pivellina de Tizza Covi y Rainer Frimmel y de Vincere de Marco Bellochio








Qué es la familia?
Acaso un circho trashumante con perros que se llaman Hércules y funciones en estacionamientos vacíos de monoblocks de los suburbios?
Cómo se forma una familia?
Puede ser una familia el cuerpo deshecho del hospicio?
Seguramente no es una familia esa de la foto: familia para los otros, los de camisa negra, que aparece en Vincere. O acaso lo monstruoso, lo escondido, lo falso, forma parte de la pertenencia, de la identidad?
En el reloj en el que busca desafiar a Dios, Mussolini cree haber triunfado. Si no caigo fulminado…Dios no existe.
Lo que desconocen, los fascismos, los autoritarismos, es que cargan con la condena del tiempo, y que la justicia se toma su tiempo y no cede a las provocaciones.
Puede ir uno a la policía y ver que la entrada es en otro lado. El desaliento de no contar con el estado, como en La Pivellina, el desaliento de que el estado te controle; a quién querer, a quién ver, a través de dónde ver y cómo dormir, y que haber sido o existido, con quién haber estado, como el intento de control de la memoria, como en Vincere.
Es una familia un acto de voluntad, de caridad, una acto irresponsable? Un acto de vergüenza, una desmemoria? Hay familia luego del abandono? Dónde queda nuestra casa y en dónde está el hogar y en dónde está nuestra madre?
Es la carrera de Ana Maganani en Roma, Ciudad Abierta, antes de caer. Es la voz de Ida Dalser susurrándole a lo que todos saben, la multitud que la despide al ser recapturada luego de una huída, lo que todos saben que existe, menos el estado fascista que lo esconde como si se pudiera esconder a Dios en un reloj: “no me olviden”.
Es Ida Dalser, la enloquecida amante del Duce, encerrada para no contaminar su historia oficial de familia perfecta, como Juana de Arco que se niega a renunciar, a mentir, a salvar su vida: mujeres que sostienen todo, que se niegan a confesar mentiras, a transigir, a ceder; la lista es significativa, mujeres que están ahí, dando vueltas en la plaza para que las vean, en medio del terror.
Es Patti que en su trailer alimenta a la niña cuando oscurece, sin juzgar al otro y sus problemas, con la comprensión y el amor del que construye un universo para que el débil no sufra, como en el Verano de Kikujiro de Takeshi Kitano.

En el post apocalíptico paisaje de la tierra arrasada de Berlusconi, dos grandes films nos recuerdan que Italia nos dio al Duce, pero también al Neo-realismo.
Italia parirá a Don Corleone, pero es capaz de hacer nacer a Leonardo y a Miguel Angel y a todos los cineastas que respiran desde lo profundo de sus emociones.
Ya sea una mujer grande de pelo rojo furioso, que no abandonará a la niña abandonada, porque no se deja a un pequeño a merced del estado o de la calle, sea una mujer que pelea olvidada y escondida en un manicomio, separada de su hijo, traicionada por el poder; su amor; los dos destruidos por la avaricia, por la ambición, por lo inescrupuloso, esa otra cara del mal, el mal de los que ven en la violencia la partera del futuro. Y en el futuro no habrá nada.
Directores con una sensibilidad que regresa a las calles arrasadas, como lo hicieran Vittorio De Sica, como Roberto Rosellini.
Como el director de El Diablo en el Cuerpo, con Vincere, a sus más de 70 años, Marco Bellochio.
Como Tizza Covi y Rainer Frimmel en La Pivellina.
Historias de mujeres.
Mujeres como leones: que eso también pare Italia.

Roberto Camarra para Rayo Verde

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