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12 feb. 2013

Acerca del film "El Vuelo" de Robert Zemeckis y de la obra La Cabra de Edward Albee..


Días sin Huella.

¿Quiénes somos? Después de Freud, pareciera no quedar sino la confusión de los deseos desesperados.
Desesperados y heroicos y aún así, miserables padres que ajusticiamos a los hijos que son distintos y a los que nos socorren. Podemos ser miserables y mentir y acusar a los amigos. Podemos vivir confundidos sin dejar una huella propia en los días.

En El Vuelo, la película de Robert Zemeckis, Denzel Washington es un piloto que justifica su falta de control. Pide que no le enseñen a mentir porque él ya es un especialista en la mentira y el ocultamiento. Soberbio y decadente, no puede más que al intentar no caer, arrastrarlo todo, luego de salvar a un avión y a sus pasajeros con una maniobra imposible pero que hace intoxicado de sustancias múltiples. Dan ganas de tomar cocaína y salir a pilotear jets, dice el molesto dueño de la aerolínea al que no le interesa nada salvo evitar los costos económicos del accidente aéreo.

La Cabra de Edward Albee,  interpretada y dirigida en Buenos Aires por Julio Chávez, nos hace preguntar quiénes somos, o de qué somos capaces y hasta dónde ocultarlo: si hay algún atisbo de humanidad o somos puro deseo confundido. Chávez ve cómo su matrimonio y amistad se destruyen literalmente contra el piso cuando relata extrañamente su pasión animal perturbada por una cabra.
Necesita contar, pero nadie necesita escuchar lo que no es posible decir. Como en El Vuelo. Está todo construido para seguir adelante con la representación, pero tanto Charlie (Julio Chávez) como Whip (Denzel Washington) caen porque ven algo irresistible en el abismo y porque ya no pueden sostenerse.

En Días Sin Huellas, del gran Billy Wilder, Ray Milland deja atrás todo lo que los otros personajes ven, lo que nosotros como espectadores vemos; una figura encantadora a la que arrastra la fuerza de un torrente, la del alcohol: lo único que le importa es la botella. Ni las mujeres que cruzan en los bares o en los hospitales y que parecen ir al rescate pueden hacer algo, ni con Don, el borracho de Milland que roba a la mujer que lo ayuda para seguir bebiendo ni con Whip de Washington que manipula a su compañera de trabajo en un velorio para que no delate lo que todos saben y callan. Nada pueden hacer salvo seguir viviendo para seguir bebiendo. Tipos encantadores que no hacen sino asomarse al abismo lleno de vacío infinito y jugar a que flotan.

Como si fuera más fácil dar vuelta un avión en el aire que saber lo que queremos, o amar a una cabra que entender nuestra desesperación.

Robert Zemeckis dirigió Volver al Futuro. Entonces odié de la película esa idea del retorno al pasado para convertir en éxito el fracaso cotidiano.
Pero con el reestreno pensé en si el regresar al pasado evitaría nuestras perversiones, qué impediría (como en Volver al Futuro 2), que todo sea mejor pero de una manera idénticamente espantosa. ¿Volverían al pasado los personajes de Don, o Whip o Charlie a modificar las causas del espanto? ¿Podrían encontrarlas y corregirlas para volver al futuro y encontrarse espantosamente convertidos en una monstruosa normalidad?

En La Cabra, el puro amor es confundido en la mirada de un animal, (Werner Herzog hablará en Grizzly Man, de la indiferente mirada de la naturaleza), pero es la naturaleza humana la que hace que tanto que el piloto de El Vuelo como el arquitecto de La Cabra o el periodista de Días Sin Huella encuentren quiénes no son en la cocaína, en el alcohol o incluso en el amor de una cabra que se llama Silvia.
Mientras el Charlie de Chávez termina de rodillas, y el Don de Ray Milland cree que la copa es apenas una copa más de tiempo hacia adelante, el Whip Whitaker de Denzel Washington se sorprende con la pregunta final del hijo y de alguna manera su rostro se ilumina porque después de todo, hace rato que olvidamos lo luminosas que pueden ser  las preguntas de lo que no tiene respuestas en las que buscamos las huellas de nuestros días.



Roberto Camarra 

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