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6 mar. 2016

Sobre la figura del padre en las películas El Hijo de Saúl de László Melis, El Rey del Once de Daniel Burman y Creed de Ryan Coogler.

“Debés salir, debés correrte de la sombra”.
Lo que Rocky Balboa le dice a Adonis, el hijo que Apollo Creed (1) nunca conoció, es la improbable tarea de separarse de la sombra del padre, del arduo combate de huir de los mandatos, tácitos y explícitos de la forma que a contraluz vemos del rey que se alza y nos dice, nos interroga y exige. Porque ahí está nuestro padre, un extraño del que no podemos tener una certeza, y al que regresamos como se regresan a las tablas de la ley.
En Six Feet Under, (2) una reunión familiar es alterada definitivamente por lo que todos sabemos que va a pasar en algún momento y nadie desea esperar: el padre y dueño de la funeraria muere en un accidente que es el primer capítulo de la serie. Pero aún muerto regresa y no deja de aparecer para atormentar al hijo obediente que se quedó, al que tomó el mando de la empresa. El padre es una figura del más allá que se le aparece, como una pesadilla, como un mantra, al aterrorizado del personaje de Michael C. Hall reprochándole sus miedos y su lealtad, el único hijo de los hermanos que se queda a trabajar y heredar y a ayudar en la empresa familiar de la que los otros han huído antes. Escaparon de los ataúdes y de la sombra o por las drogas o por la distancia.
El que no va a irse nunca, la voz de la canción que gira sobre los que nos forma en lo que queremos y nos aterroriza, es la voz del padre.
De algo de todo esto hablan en El Rey del Once (3) y El Hijo de Saúl (4).
Porque en el Rey del Once se dice que no importa lo que hagas, el hijo no puede terminar de irse ni de volver a esa voz que critica, alecciona, indica y urge cómo y de qué manera, con qué instrucciones precisas y cortas, comprar zapatos para un pibe del que no se sabe si pasará la noche, y que en la compra, probablemente, siempre vas a equivocarte porque no hay forma de cumplir felizmente para la orden del padre. Pero es la voz que guía a volver. Volver, a un barrio que parece hecho para ser decorado de película, volver a ver el reino que te deja tu padre, un reino de cheques voladores, comedores para necesitados, departamentos de los que ya no están, y en donde cada cosa tiene un sentido y una utilidad, en la que se reconvierten y regresan a ser otra cosa de valor para otra persona. Volver al barrio, volver a esa voz, que pide, que guía, que urge y que critica y que desaparece, como un faro inasible en la neblina de nuestro corazón y que dice que claro, todo está por hacerse y todo por arreglarse, que vivimos en la precariedad y que el desorden y la urgencia cruzan nuestra vida.
Recuerdo un poco la sorda molestia cuando mi padre trataba a otros chicos de mi edad, conversaba con ellos como si también fueran sus hijos, algo que nos irá la vida en entender.
En la película El Hijo de Saúl, somos el hijo cuando ya no vemos, cuando ya no podemos ver, cuando nos fuimos, cuando estamos ciegos de ver quién nos cuida. Y entonces aparece el padre. El padre es una figura difícil, odiosa y complicada en el peor espacio del horror que encuentra un cuerpo en la multitud y busca con desesperación darle identidad y sentido y protección, aunque entonces solamente sea un cuerpo y el espacio sea una ruleta rusa de la atrocidad en la que lo aborrecible es el gesto mínimo, cotidiano y atroz.
Saúl quiere cuidar la forma del entierro de un cuerpo, porque llegó a ver el cuerpo del niño, cuando estaba vivo y cuando aún respiraba, porque es el cuerpo de un niño, porque es su hijo, o porque aunque no tenga hijos podría serlo. Porque acaso todos los otros son nuestros hijos o porque podrían llegar a serlo.
Con respecto al cuidado del cuerpo, no hay forma de transmitir el momento en que llevan a alguien que quisiste, el tránsito hasta que lo queman o lo entierran y desaparece. Es el momento en que solamente es un cuerpo, pero el pavor aparece. El pavor de quién será el que lo cuidará hasta mañana, a la hora que comience la vela o salga en el cortejo? Apagarán las luces? Estará solo o con otros cuerpos? Y los desconocidos lo verán como alguien que fue, y respiró y vivió y amó y odió y jugó y lloró y tuvo miedo y alegría y sol? Entenderán lo que significó para otros?
Entonces lo que le afirman los compañeros de espanto a Saúl, de que él no tiene hijos y que lo que procura en el campo de concentración es la acción suicida de encontrar el mínimo gesto de humanidad de cuidar la forma del entierro del cuerpo se invalida. Porque no tiene la menor importancia el saber si el hijo de Saúl es el hijo de él y si las acciones que ponen en peligro todo son un sin sentido en un lugar donde el sentido se ha corrompido y no queda más que convertirse en zombie: porque si no intentamos salvar algo de lo que queda de nosotros, nada seremos. Porque si no somos capaces de cuidar al otro, al hijo que tuvimos o que pudimos tener, al hijo que fuimos, al hijo que no tendremos, qué somos?
Lo que queda, como en El Rey del Once, son los zapatos. Y ponerse en los zapatos, es aprender a caminar y sentir la piedra que juega adentro, en un número del que, como cuando recibimos un calzado, nunca estaremos seguros.
Me pregunto esto con respecto a lo que pasó ayer y antes de ayer. Me pregunto esto con lo que pasa hoy y pasará mañana.
Alguien puede salvarse solo? Nos correremos de las sombras para poder pelear?
De qué nos salvamos y a quién protegemos si no cuidamos al otro y no velamos por su cuerpo?
Qué sos o en que te convertís si no cuidás?
Y el que se salve solo, intentando calcular o especular con pérdidas y con ganancias, para ver qué no dice o cómo se esconde y ve cómo se llevan a los demás: con quién se queda, realmente de qué cree que se salvará?
Roberto Camarra, marzo de 2016.
1.- Creed, (USA, 2015). Dirigida por Ryan Coogler. Con Sylvester Stallone y Michael B. Jordan.
2.-Six Feet Under. (HBO, 2001-2005). Serie creada por Alan Ball. Con Michael C. Hall, Peter Krause, Frances Conroy, Lauren Ambrose, Rachel Griffiths y Richard Jenkins,
3.- El Rey del Once, (Argentina, 2015). Dirigida por Daniel Burman. Con Usher y Alan Sabbagh, Julieta Zylberberg
4.- El Hijo de Saúl. (Hungría, 2015). Dirigida por László Melis. Con Géza Röhrig y Levente Molnar.




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