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10 feb. 2015

The Imitation Game

La vida de los genios incomprendidos ha sido uno de los temas favoritos del cine de Hollywood, también la segunda guerra mundial y también el romance no correspondido. The Imitation Game (Morten Tyldum, 2014), la biopic sobre la vida de Alan Turing, trabaja sobre estos tres tópicos pero al mismo tiempo se los saltea y los intercambia con otros tres tópicos que juegan a ser sinónimos: las mentiras, los secretos y el fingir.
   Alan Turing fue un matemático y criptógrafo inglés, pieza clave en el desciframiento del código de los nazis de la máquina Enigma. Pero además fue un profesor homosexual que, traicionado por su amante, fue condenado por su condición y obligado a realizar un tratamiento hormonal para revertir su sexualidad. La película muestra a un genio introvertido y arrogante que debe descifrar códigos para descifrarse y la búsqueda de los enigmas lo introduce en un laberinto de secretos en donde lo último que importa finalmente es el contenido del secreto o enigma. Porque lo que importa, después de dedicar horas, días y años de la vida a descifrar un secreto, es qué hacer con ese secreto. O mejor dicho, qué es lo que ese secreto te deja hacer con él.  Morten Tyldum, el director noruego elegido para la realización del film, hace especial hincapié en la naturalización de la construcción de la mentira como herramienta para fingir (construir?) una vida que no es la propia ni la verdadera. Fingir modos, costumbres, vidas, diálogos, improvisar mentiras en el camino, de manera natural, se termina convirtiendo en la vida misma de quien emplea la herramienta. Para proteger una identidad, que se desdibuja entre la real y la pretendida, las mentiras, los secretos y el fingir son las herramientas perfectas. Pero el peligro de perderse en un laberinto de enigmas irresolubles se vuelve inminente y de un riesgo despiadado. Turing protege sus secretos jugando con la identidad de la máquina e invocando a su amor y protector muerto Christopher, creando simbolismos en una Inglaterra puritana que lo alberga y lo condena. La máquina que no es máquina, el humano que no es humano, la manzana que no es manzana (que lamentablemente no aparece en la película), el veneno que no es veneno, Christopher que está y no está; la película trabaja (con cierta corrección política que nos deja con ganas de más) con linealidad y buenas actuaciones y se estrena oportunamente para ser una candidata correcta para la próxima entrega de los Oscars.  


Lucía Luna




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